La playa era el destino

Una noche, en el cruce entre las calles Córcega y Aribau, vi un gran contenedor de cascotes. Me detuve unos minutos y observé. Era una imagen interesante, aferrada a valores y sueños, a la vida como un juego. El más inspirado dictamen que conozco sobre la civilización en flor es cuando se dice de ella que jugaba, y no le importaba morir si perdía. Después de tales opulencias milenarias, los tenderos -y aquellos perversos abogados que venían de provincias- se cargaron el mundo del Ancien Régime para instalar unos valores republicanos, guillotina mediante.

Tras mirar un rato el contenedor, crucé la puerta de la coctelería Solange, antiguo Harry’s, me senté a la barra y pedí Demerara de Berry Bros. & Rudd (1992), con Coca Cola y cáscara de naranja, por supuesto. En el placer sonaba la pompa de un Geminiani, príncipe barroco, exuberante como aquel ron vestido de whisky. Y, por otra parte, persistía el recuerdo inmediato, a la intemperie, de piedras, yeso y pedazos de añosas vigas de madera. Los desechos de una clase. Cuerpos amontonados, mensajes de raro aprecio. El vicio de saber, el chismorreo de la historia total, desde Braudel.

La historia fue así: sacaron unos obreros a los muertos desahuciados de una finca regia del Ensanche barcelonés; habían escrito las almas secas un memorial para no volver ya a ningún mundo respetable. Serían machacadas y pasadas por el cedazo para mudar en arena artificial y padecer el infierno bajo los culos grasientos de los veraneantes, en la playa barcelonesa. Vieja burguesía convertida en polvo, rebozando la piel aceitosa de un, pongamos, belga sobrealimentado. Qué hiladuras teje el destino a los hombres y a sus piedras. Pensé en la tierra poética; en la carne, traseros bautizados por la gloria de los antiguos tenderos. Había una nueva república, mas nadie parecía enterarse.

Violeta la Burra

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Violeta la Burra y el autor, a punto del delirio (fotografía de Cristina Losada Salgado)
De ella escribió Umbral que era Andalucía, mitad burra de carga, mitad violeta de Juan Ramón Jiménez. Voz rasgada por la noche del Paralelo, vida con que ilumina sus identitarias hortalizas y butifarras, a modo de diademas o de collares sobre el pecho sevillano, escarnio de un orden imposible: la madre amantísima quiso una niña y le salió Violeta, Pedro de día, artista de noche. O como dice ella: Violeta de arriba, Pedro de abajo. Conoció el éxito en el Teatro Arnau, mundo del que ya nada queda, excepto Ella, misterio barcelonés. Soy la noche, llegó a afirmar. Jaca negra, luna roja.
Después de eso, subió a Enrique Granados, donde vive y, nocturna, canta coplas, canciones de su sello y vende flores. Famosa en esta calle cual aquella Moños de la Rambla, que un amor equivocado enloqueció. Por las mañanas la encuentro comprando verdura, sin peluca ni maquillaje, verbo invariable.
El transformismo suyo es un sur desproporcionado, Violeta del cachondeo y la provocación inocua, el salero subido de tono. Cena algo en Paco Meralgo o en La Moderna, donde la conocen y estiman. Vende rosas en el Dry Martini, ¡antes qué buena clientela!, se lamenta: aquellos señores espléndidos con sus queridas, tras la cortina de terciopelo que separaba ambos mundos, el de la luz pueril y el de las gratas tinieblas.
Ha grabado discos, algunos autofinanciados, por los que desfilan Cristiano Ronaldo, un butanero, Paquito nardos y su poesía barcelonesa: salchichón, salchichón; maricón, maricón, ay que ver lo que tengo que hacer pa comer. Estuvo unos años en París, pero la madre enfermó y ella lo dejó todo para venir a cuidarla, a Sevilla, donde conserva casa en un pueblo blanco. En el Dry Martini, sus rosas beben de una botella de tónica que le proporciona Ceferino, inmaculado camarero de rizado bigote. Frecuenta también la coctelería Solange, antiguo Harrys con piano de cola en torno al cual pasaban esas cosas de la nuit. Bizarría perdida.
El perejil ha sido también su enseña, lo aireaba por ahí como ha aireado pepinos, nabos y berenjenas, regalos de la naturaleza feroz. Canta Francisco Alegre por unas monedas y los turistas no cazan ni una sombra, esos bobalicones. Si le preguntas qué tal, contesta bien, mariconeando. Cómprame un cucurucho, grande, de turrón, y mientras chupa el cono un niño callejero la mira con ojos de plato vacío. Casi no parece Barcelona, durante unos instantes.