Salvados

Los últimos gritos del empoderamiento político (que debemos ya dar por resuelto) son una niña atormentada por el planeta (Tierra) y la diputada más joven del Congreso. El juicio a los movimientos antisistémicos, desde Robespierre más o menos, se ha hecho con bayonetas y letras, librando batallas intelectuales y propagandísticas. Con la postmodernidad, el sistema aprendió a darle al pueblo su propio opio, la vanidad, que resulta era la misma golosina que inspiró a Marat y los suyos. Benetton, o su publicista, tuvo una premonición tras caer el muro de Berlín y llenó Occidente de mensajes incorrectos para vender más camisetas. Luego, como es consuetudinario, lo incorrecto se fue tornando nueva corrección y los irreparables melancólicos se vieron confinados a las catacumbas intelectuales. Cosa sofisticada, un sistema que juega, en apariencia, a la ruleta rusa. Aunque los enemigos no son lo que eran. Quizás la deriva reaccionaria de la izquierda, Ovejero dixit, sea el postrer modo de esta de amoldarse definitivamente al capitalismo (vencedor).

En todo caso, vamos a los últimos chillidos. A partir del primero -Greta Thunberg- puede establecerse que al público sigue conmoviéndole una Baby Jane. Y permanece en la reserva de los lugares comunes cómo suelen acabar estos prodigios inmaduros, cuando ya no entretienen a nadie. Muñecas rotas, habrá que llamarlas para no ofender al género de la gramática. La niña Thunberg reúne todas las condiciones para una historia triste, un drama del gusto de Hollywood dorado, con familia singular, intereses oscuros y la tierna debilidad y descaro de la protagonista en cuestión. Un cuento de franca humanidad. En un orden menos interpretativo, ensombrece el ánimo observar a grandes instituciones (ONU, Parlamento Europeo, donde ha discurseado la criatura) celebrando tan grotescas funciones. 

De niña a mujer: nuestro segundo grito se llama Andrea Fernández, cuenta veintiséis años y es diputada por el grupo socialista. Esta cumplida empoderada se ocupa no tanto del inminente apocalipsis, sino de los desórdenes del heteropatriarcado, tiránico régimen del que todos los hombres por el solo hecho de serlo somos responsables. Y los vicios inmundos que nos entretienen. Nuestra salvadora se postula para la imperiosa censura (el eufemismo es necesidad de regular), orientando su sensibilidad benefactora hacia la pornografía. En su argumentario de intachable reaccionaria brilla la categórica afirmación de que el porno “educa a las manadas”. Hay en tal asunto una feliz sincronía y sitúa a la izquierda en lo más alto de la decencia, ese recato de naftalina que advierte sobre la degeneración: los prohibicionistas de la pornografía tienen a una diputada en Cortes.

A riesgo de parecer inoportuno, no diré cabal, cabría una objeción general a ambos ejemplos citados, y se refiere a las fuentes: Greta no es una experta en el clima, siquiera ha tenido tiempo todavía de entrar en la Universidad ni, seguramente, leer las páginas del viaje de Ulises en que se describen olas gigantes y poderosos vientos provocados por el rayo de Zeus, que agitan el vinoso ponto; en cuanto a Andrea, nuestra compatriota, sus diagnósticos resultan tan aventurados como la edad que los proclama. No faltarán conversos entusiastas de su cruzada y bosquejos de hombres nuevos que activen un control parental en sus móviles y ordenadores. Por último, y respecto a la correspondencia entre estas dos cándidas ideológicas y las instituciones que las arropan, fascina la imparable conquista y triunfo de la imbecilidad.

Aseveración del viaje

(Mapa de Frederick Walrond Rose, 1877)

Los mapas disertan, en un sentido estricto. También discuten, litigan, se enzarzan, la suya es jerga universal. No son inocentes, ni por supuesto imparciales. Tienen la gracia artística de una pornografía exacta, abierta, esta es la mayor gloria de Mercator, año 1569. Además, como es sabido, avivan ambiciones y sueños en los hombres. Recorrer con el dedo índice montañas y valles lejanos, imperios, guerras, renuncias imposibles del ejemplo de Bizancio. Auge y caída, vigor y abandono, esas dinámicas hiperbólicas del gusto humano. Acariciar mastodontes estalinistas. Tentar la sal roja del Malabar o la espuma blanca en el regreso de Ulises. Deslizarse por la costa africana y sus infinitas playas hasta el cabo de Nueva Esperanza, donde crecen plantas gigantes del tamaño de torreones. Seguir la ruta dramática del Batavia y, tras algunos minutos de navegación digital por el Pacífico, salvar desventuras y fondear en el mar de China. Cualquiera puede exaltarse sobre el papel, del mismo modo en que Guido Gustavo Gozzano invocó su imaginario viaje infantil a Goa. Su caso testimonia también el infinito viajar de Magris.

Hay mapas mentales asombrosos: sobre el papel, una línea dibuja el periplo geográfico de la vida. Sus accidentes. Existe un mapa de los innumerables viajes de Churchill durante la guerra contra Hitler, algunos sin explicación, todos justificados. Imaginemos la cartografía que produjo Casanova en sus andanzas. O Maigret, quien, íntimamente, trazó dibujos criminales de las entrañas de París, alcobas, oscuros patios de vecinos, antros de Montmartre. Pensemos en el tesoro oculto (de Stevenson), el mito era el mapa. ¿Y el cuerpo de Justine, la de Sade, acaso no lo fue, de igual forma, en las lecturas solapadas de juventud? Ahí al alcance, alambicado hasta su futura condena, exhausto como la ruta de la seda.

Se ha insinuado hasta la insolencia que Marco Polo no vio la Gran Muralla y que quizás tampoco sus ojos se plantaron en todas las maravillas relatadas en Il Milione sobre el reino del Gran Kan. Esa afición de los amantes de la verosimilitud, quienes nunca han osado emprender travesías comparables a las de Jim Hawkins, Little Nemo, Peter Pan o la absurda Alicia, quien anuncia un antimapa:

“Había comprado un gran mapa del mar,

ni un solo vestigio de tierra.

Y toda la tripulación estaba feliz al ver que era

un mapa que todos entendían.”

No sólo la tierra, incluso sus problemas y distracciones, me baso en el magnífico ensayo de Simon Garfield (On the map). Mapas de la peste medieval, de las calles más peligrosas de Londres durante el siglo XIX, de las heladerías de Roma, de la censura en Asia o de los canales de Marte. O de las cincuenta islas remotas a las que Judith Schalansky confiesa que nunca irá, Fangataufa (en Polinesia), Soledad (en el Mar de Kara). Está, luego, el más trascendental mapa, el que no refiere tanto el erotismo de la aventura como la pérdida, el documento inmaculado que los años van dibujando en las personas, cito a Edward Thomas:

“Ningún viajero ha descansado nunca

con tanta paz como hay en este instante,

entre dos vidas, cuando las estrellas

y la penumbra esconden lo que nunca ha sido,

lo mejor o más alto que cuanto pueda ser.”