Correr en Barcelona

Esta nota bien podría parecer un epílogo, borrón que cerrara una trayectoria, la mía, trufada de principios, pretextos y soluciones imaginativas a la vida. Sí, yo que he abominado del deporte urbano, de la imagen asidua de un hombre que viste la mañana con corbata, pongamos Marinella, y que en la tarde se abandona, ridículos pantaloncillos, a la agitación del running. Homo agitatus que con escarpelo de filósofo nos detalla Jorge Freire en un reciente ensayo. Pues bien, en una manifestación digna de tal impulso, salí esta mañana a trotar, asestando así, y por la circunstancia última que relataré, un golpe mortal a un decoro tiempo cultivado. 

La primera eventualidad de la carrera al trote es que mis pies, sin duda sabios y afligidos por estas semanas de confinamiento, me condujeron hasta la puerta de Via Veneto, institución sita en la calle Ganduxer. Naturalmente, la situación actual española, de orden marxista-leninista, ha cerrado también esa puerta de madera, trance oprobioso que debe ser invertido a la mayor brevedad. Al volver los pasos hasta Diagonal, pensando en una tortilla con trufa y un pato a la presse, me crucé con Joan Laporta. No se altere nadie, paseaba su figura vistiendo camisa y chaqueta, bronceado como siempre. Le conocí hace unos años en casa de los Carabén, cuando Marjolijn, ya viuda del famoso economista, escritor y dirigente deportivo (fichó a Cruyff para el FCB), celebraba su cumpleaños. Excuso, pero no me dejaré llevar ahora por el natural impulso comunicativo de todo catalán (“Cataluña es un país de grandes chafarderos”, le había dicho Marjolijn a Arcadi Espada en 1999). 

De la tez morena de Laporta salté hasta la acera baja de la avenida, rigurosa frontera para el gran Tito B. Diagonal, cliente de Dom Pérignon, Wodehouse, Lamborghini, Baqueira y el Club de Polo. Allí, en el cruce del antiguo camino de Sarriá, pueblo de mis primeros años, se alza el edificio donde vivió Caterina Lloret, señora de Barcelona, amiga de la familia, estudiosa y gran cocinera, aquellos celestiales ravioli rellenos de calabaza, con salsa de uvas pasas y nueces. Así, perfumando mi trote de agridulces recuerdos (Lloret murió, sorpresivamente, en su residencia de Palau Sator), pasé exhalador ante el Kahala, bar tiki desde 1971, donde siguen sirviendo mai-tais, nui-nuis y zombies, preparaciones todas de los años treinta. Me da que este tiki superviviente es una cosa feliz, una horterada feliz si quieren, venida de los treinta y no de las tristezas politizadas del sesenta y ocho (compárenla, por ejemplo, con el Roxy de Edward Kienholz). 

Ya próximo a mi domicilio, una fugaz mirada a la acera que baja desde Calvo Sotelo por Infanta Carlota me trajo de nuevo las puertas del Mister Dollar, sitio de moral muy distraída que desapareció en 2012. Pero no todo iban a ser fantasmas, dos manzanas más allá se materializó el golpe mortal a mi decoro: allí estaba, sin posibilidad de esquivarlo, mi amigo Carlos Janovas, camisa rosa, pantalón crema, mocasines Tod’s y, horror, móvil en mano para fotografiarme de tal guisa. Lo que pasó después, tras veinte minutos de ilegalidad, pues estábamos violentando el toque de queda, fue una negociación de mucho brillo y mucho oro (como todo lo que compete a Janovas), y de la que, en cualquier caso, no puedo dar más detalles. A merced de ese señorito barcelonés queda mi imagen, y que Dios se apiade de este pobre corredor. 

(Nota publicada en Ok Diario)

El mundo de ayer

Dejar la luz encendida al salir de una habitación. Coger siempre el ascensor. Subir el aire acondicionado. Recibir en casa el Gold Gotha. Tener tarjeta de presentación. Perderse en la ciudad y preguntar a otro transeúnte. Escribir una frase con miedo a errar. Comprar periódicos de papel. Pasear. No ir a Ibiza. Aprovechar los minutos de silencio para observar el entorno. Disimular ante la belleza. Concertar una cita desde el teléfono de casa. Ir en taxi a todos sitios. Soltar un taco sedativo. Dar pocos besos. Abominar del trato de “cariño”. Roger Moore como James Bond. Marilyn Monroe. Spencer Tracy. Las mujeres con falda de tubo. Las mujeres que hablan sin manotear. Las señoras peinadas de peluquería. Regalar una estola de visón. Rescatar algo del olvido usando sólo la memoria. Tildar “sólo” cuando es menester. Afianzarse en el sillón con un libro. No ir por ahí con ropa deportiva. Pensar en los demás de un modo abstracto. Estar ilocalizable y que nadie se entere. Escribir una misiva con el objeto de acabar una relación. O de iniciarla, declarando el amor. Hacer el amor con la mirada. Seducir tratando de usted. Beber muy despacio. Desplegar un mapa sobre la mesa y recorrer con el dedo una ruta imaginaria. Escuchar a Bach. No encender la televisión. Saludar con la mano recta. Abandonar un grupo de personas poniendo tierra de por medio. Hablar bien de Berlusconi. Leer siempre a Chesterton. Leer a Wodehouse. No opinar de todo. No salir de Europa. Vestir una teba. No casarse. No divorciarse. No separar las basuras. Cazar. Ir a los toros. Pedir rabo de astado. Ver boxeo. Acudir a un limpiabotas. Beber dry martini. Preferir el tenis de saque y volea al juego de fondo. Llevar vacíos los bolsillos del pantalón. John Wayne. Discutir sobre la autoría de una canción. Citar de memoria. Hablar con alguien durante horas frente a un café. Grabar en la mente aquella vianda. El pan blanco. La leche de vaca. Toda la carne del mundo. Azúcar refinado. Pedir un guiso de tortuga. Comerse una becada. Alargar hasta la noche una sobremesa. Las cortinas de Via Veneto. Escribir postales desde el extranjero. Guardar en grandes álbumes fotografías de papel. Tomar notas a lápiz. Escribir la lista de deseos. Ir a una librería. Ser estricto con los desconocidos. Abrir la puerta a la mujer que nos acompaña. Tratar de usted a casi todo el mundo. Nunca preguntar a nadie por su profesión. No hablar de trabajo con las amistades. No mencionar el dinero. No tatuarse. Fumar un puro. Amar sin ínfulas. John Ford. El bar Richelieu. Milán en otoño. Las flores blancas del Ritz. Aburrirse. Vivir disimulando, morir como en el teatro.

Nota publicada en Ok Diario